Guerrero Mercurio:

El kanji de Mercurio significa “Estrella de Agua”, de este modo los poderes de Sailor Mercury se relacionan con el agua (Fulgor del agua de mercurio, rapsodia acuática), así como los colores de su traje, que son distintos tonos de azul. La Rapsodia Acuática de Mercurio está además relacionada con la lira, instrumento inventado por Mercurio, un dios de la mitología romana.

Curiosamente, en cuanto a las características físicas de cada planeta, la Sailor que debería utilizar los poderes de agua congelada (como los de Mercurio) es Sailor Mars (Marte), ya que Mercurio es mucho más caliente que Marte (por lo tanto Mercurio sería la “Senshi de Fuego”) y posee agua congelada en algunas partes de su superficie.

Sailor Mercury y el dios Mercurio de la mitología romana no tienen mucho que ver, mas que en el aspecto intelectual, ya que Mercurio poseía una gran inteligencia. Mercurio fue el dios de los viajeros y comerciantes, y puede compararse con Hermes, dios de la mitología griega. El símbolo principal de Mercurio es el caduceo (una especie de cetro con dos serpientes enroscadas), y las famosas sandalias aladas.

Para los alemanes, Mercurio es identificado con el dios Wotan (llamado Odín en otros países), señor supremo de la mitología nórdica. Era el dios de la sabiduría, de la poesía y de la guerra, y presidía los banquetes para los héroes muertos en el Walhalla (pronunciado como “valjala”, era el sistio donde descansaban las almas de los guerreros muertos en batalla, según la mitología nórdica). Solamente tenía un ojo, porque dió el otro al gigante Mimir para que le dejase beber un trago del agua de la sabiduría. Vivía junto con su esposa, Fricka, la diosa del cielo, a quien se le consagró el viernes, que es una derivación de su nombre en los países de lenguajes germánicos.

Y bien, ahora algunas imágenes de Sailor Mercurio

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Guerrero Luna:

El nombre de la princesa Selene deriva de la mitología griega, del nombre de la diosa de la Luna: Selene, hermana de Helios, quien por las noches cruza el firmamento en su carro de plata tirado por dos caballos negros. Ella representa la luna llena.

Sailor Moon / Bunny Tsukino está relacionada con algunos mitos asiáticos sobre el conejo de la luna. Hay varias historias sobre él, como por ejemplo:

1) Leyenda japonesa: Una vez, un dios fue a la Tierra disfrazado como un hombre cualquiera, y viajando encontró a un grupo de animales, a los cuales les pidió alimento; los animales amablemente le entregaron la comida que tenían, como el conejo no tenía nada que darle, se arrojó él mismo a la hoguera para que el hombre tuviera qué comer. Asombrado, el dios reveló su identidad y llevó al conejo a la luna como recompensa.

2) Leyenda china: Hubo una vez un hombre muy noble y fuerte que se volvio emperador, pero con el paso del tiempo, se volvió corrupto y malvado; entonces decidió tomar unas píldoras especiales que lo harían vivir para siempre. Su esposa no quería que un hombre tan cruel fuera inmortal, así que ella tomó las píldoras y se fue a la luna, llevando consigo a su conejo mascota. Según la mitología china, el conejo de la luna es la mascota del médico mago que vive allí.

El kanji de Sailor Moon quiere decir “luna”, así que ella no se relaciona con ningún elemento. Ella representa algo así como la pureza, y sus ataques llevan algunos cuerpos celestes en sus nombres (luna, estrellas).

Aquí os dejo algunas de mis imágenes favoritas ^^

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Las lágrimas de Potira

Junio 26, 2007

Mucho antes de que los blancos llegaran a las tierras menos pobladas del interior de Brasil, ya vivían allí muchas tribus indígenas, en paz o en guerra, cada una siguiendo sus costumbres. De una de estas tribus, en paz con sus vecinos desde hacía tiempo, formaba parte Potira, una hermosa india agraciada por Tupá con la hermosura de las flores, e Itagibá, joven fuerte y valiente.

Era costumbre de la tribu que las mujeres se casasen pronto y que los hombres lo hicieran al convertirse en guerreros. Cuando Potira llegó a la edad de casamiento, Itagibá adquirió la condición de guerrero. Ambos se amaban, habían decidido compartir sus vidas, compartir sonrisas y momentos difíciles, ser compañeros. Y aunque otros jóvenes también suspiraban por Potira, ella no tuvo dudas, y se unió con Itagibá en una gran fiesta.

Eran tiempos tranquilos y la felicidad les acompañaba. Los periodos de separación que coincidían con viajes para contactar con otras tribus o con cacerías, hacían que volvieran a verse después con más ganas, que se unieran más de lo que ya estaban. La alegría de cada reencuentro compensaba las noches a solas.

Llegó un día, sin embargo, en el que el territorio de la tribu fue amenazado por vecinos que codiciaban la abundante caza que había en él, e Itagibá partió con sus hombres para la guerra. Potira vio alejarse las canoas río abajo, preparadas para el enfrentamiento, sin saber qué sentía exactamente, aparte de la tristeza de separarse de su amado sin una fecha concreta a la que aferrarse esperando su vuelta, sin poder contar los días… Pero no lloró como las ancianas de la tribu, quizá porque nunca había visto ninguna otra guerra.

Todas las tardes iba a sentarse a la orilla del río, esperando pacientemente, tranquila. Ajena a las risas de los niños, solo esperaba, escuchaba el rumor de las aguas del río queriendo oír en ellas el sonido de un remo batiendo en el agua, imaginando el dibujo de una canoa recortándose en la lejanía. Cuando el sol se ponía, retornaba al poblado con la imagen de Itagibá aún en mente, sonriendo pues en cierto modo había pasado con él la tarde…

Fueron muchas tardes iguales, una tras otra, y el dolor de la nostalgia se iba imponiendo. Pero cada tarde volvía con la misma ilusión al encuentro de su amado, y esa esperanza hacía que cada mañana siguiera levantándose y cumpliendo sus tareas con una sonrisa en los labios, porque a la tarde se reunirían. Y si no era esa tarde, sería la siguiente…

Una de las tardes en las que Potira escudriñaba el horizonte en busca de esa sombra recortándose en él, el canto de la araponga retumbó en los árboles. Y el rostro de Potira se ensombreció, y su sonrisa se perdió en las aguas del río. Porque todos saben que el canto melancólico de la araponga solo anuncia acontecimientos tristes, y nuestra india, bella como una flor, codiciada por tantos hombres… supo que eso ya no importaba, que nada importaba, porque la araponga había anunciado la muerte de Itagibá. Y por primera vez lloró. Sin decir palabras, como no habría de decirlas nunca más. Lloró, lloró y siguió llorando, y las lágrimas que descendían por el rostro fueron haciéndose sólidas y lagrimas.jpgbrillantes a su paso por la cara y el aire, yendo a parar al lecho del río por el que Itagibá había partido.

Y se dice que Tupá, conmovido, transformó esas lágrimas en diamantes, perpetuando así el recuerdo de un amor intenso y puro. Y así fue como a la llegada del hombre blanco, le recibió una tierra en la que las pasiones abundaban y que seguía guardando las valiosas lágrimas de Potira a las que tanto valor se daría después, pero olvidando su origen.

sirena.jpgHace mucho, mucho tiempo, vivía en el fondo del mar del Japón una sirena llamada Amara, la esposa del genio del mar. Amara solía subir a la superficie de las aguas y allí tenderse en alguna roca desde la que pudiera contemplar la ciudad, a lo lejos. Le gustaba especialmente hacer esto de noche, cuando las luces de la ciudad casi eclipsaban a las estrellas del cielo. Envidiaba a los habitantes de la ciudad que tenían siempre esa luz que no se encontraba en el fondo del mar, y que además podían sentir en sus rostros el viento, el sol, la nieve… cosas que a ella le estaban vetadas. Así, decidió que si ella tenía una hija, no le privaría de esas sensaciones que ella se había perdido.

 

Poco tiempo después, este pensamiento se hizo realidad, y la sirena Amara fue madre de una pequeña y hermosa criatura. Y con gran dolor de su corazón, pero sintiéndose a la vez satisfecha por brindarle esa oportunidad a su hija, la trasladó a una montaña que había cerca de la ciudad, en la que se alzaba un templo. Y allí la dejó, en las escalinatas del templo, besándola con uno de esos besos que sólo dan las sirenas y los seres mágicos, que crean un aura de protección.

 

Abajo, en el pueblo, vivía un matrimonio que dedicaba su vida a la elaboración de velas que luego los peregrinos llevarían al templo. Como fuera que su pequeño negocio iba muy bien, decidieron ir ellos mismos al templo ese día a agradecerle a su dios los bienes que les había dado. Así, cogieron dos velas y se dirigieron hacia el templo, donde hicieron su ofrenda.

 

A la vuelta, cuál no sería su sorpresa cuando bajando por las escaleras, creyeron oír un llanto débil. Buscando el origen del sonido, no tardaron en encontrar a la pequeña recién nacida, y movidos por la compasión y la responsabilidad, la recogieron. Cuando le quitaron las mantillas que la envolvían, descubrieron asombrados que no era como las otras niñas: la mitad inferior de su cuerpo era como la cola de un pez, recubierto de escamas brillantes; era una sirena. Así pues, la llamaron Umiko, que quiere decir “la hija del mar”.

 

Pasó el tiempo, la niña creció y llegó a hacerse una mujer de extraordinaria belleza. Su piel era suave como el melocotón, tersa, y sus ojos despedían un fulgor único que recordaba al de las esmeraldas. Su cabello largo parecía ser amigo del viento, pues ambos jugueteaban constantemente, y en fin, Umiko despertaba pasiones entre todo el que la observaba. Ella, humilde, se sentía incómoda por el efecto que causaba en los otros, con lo que les pidió a sus padres adoptivos ser quien fabricara las velas que ellos venderían, porque así no tendría más contacto con los demás que el estrictamente necesario. Y así pasó ella a encargarse de esta tarea, añadiendo además a las velas que hacía hermosos dibujos de pájaros y flores y sobre todo, paisajes marinos que de algún modo le venían a la mente. El número de compradores aumentaba sin cesar y además se extendió el rumor de que esas velas eran eficaces talismanes si uno quería emprender un viaje en barco.

 

Un día apareció en la tienda un mercader que pidió ver a la creadora de las velas que compraba. Al ver a Umiko, pensó que sería un gran negocio exponerla al público y quiso comprársela al matrimonio. Al principio ellos se indignaron, pero tal fue la insistencia del mercader que al final se la vendieron por una fuerte suma de dinero. Cuando Umiko se enteró les suplicó que cambiasen de idea, pero de nada sirvieron sus lamentos; el trato estaba cerrado.

 

Por la noche le pareció oír una voz que la llamaba, como si el mar repitiera su nombre, pero nada vio. Pasó la noche pintando su última vela. A la mañana siguiente había un carro preparado con barrotes para llevársela hasta el puerto, donde tomarían un barco que les llevaría al continente. Partieron, y en la casa quedó el matrimonio intranquilo, presintiendo que habían actuado mal y que ahora un peligro se cernía sobre ellos.

 

Llamaron a la puerta, abrieron y apareció una mujer velas1.jpgvestida de blanco que quería comprar una vela. Dándole a elegir, ella escogió precisamente esa última vela que Umiko había pintado la noche anterior. Echándoles una última mirada, no sabría decir si rabiosa o despreciativa, pagó y se fue al templo, en cuya escalinata dejó la vela encendida.

 

La vela brilló con una luz inusualmente fuerte, inusualmente viva. Enseguida, una horrible tempestad empezó a azotar la costa. El barco en el que viajaban Umiko y el mercader intentó en vano volver al puerto, pero una enorme ola lo precipitó al fondo del mar. Mientras el barco se hundía, la última imagen que vio el mercader, que creyó estar delirando por la cercanía de la muerte, fue la de una mujer de blanco, con cola de pez, que se llevaba a Umiko de la mano. Era Amara rescatando a su hija.

 

Tras la tempestad, el pueblo quedó borrado del mapa, resistiendo sólo el templo y su escalinata. Y no hace mucho aún se vendían en algunos pueblos japoneses unas velas pintadas que recordaban mucho a las que pintara Umiko, la hija del mar, y que los marineros seguían encendiendo antes de emprender cada travesía…