Habían escapado, si. Pero con un precio muy alto, Eddah cada día que pasaba en el cielo se debilitaba más…

– Tienes que ir con los sucios humanos, si no morirás. ¿No ves que ahora eres mortal? – dijo Ignominio.

– Pero… yo no quiero separarme de ti. – dijo Diaphano sujetando con fuerza el cuerpo casi inerte de Eddah que yacía en sus manos.

– ¡Estúpido! ¿Qué quieres que muera? – gritó Ignominio.

– ¿Pero y si le pasa algo? Está indefensa y a penas puede moverse.

– Y si se queda aquí morirá. Es más, tenemos que cambiar de apariencia, así llamamos mucho la atención. Nos estarán buscando…

– ¡¡Yo no quiero abandonarla!!

– ¿¡Vas a dejarla morir o es que…!?

– Parad, por favor. Lo mejor es que vaya. Conmigo corréis peligro. – dijo Eddah en un suspiro.

– Pero… – a Diaphano se le llenaron los ojos de lágrimas – yo te amo Eddah, me iré contigo.

– Mira que eres zoquete… no puedes ir con ella, ¿o acaso te vas a cortar las alas tu también?

– Diaphano, tengo que irme y tu tienes que quedarte aquí. ¿De acuerdo? Prométemelo.

– Está bien…

– ¡Ala! Todos conformes ¿no? Pues venga, vamos a buscar a un amigo mío que nos ayudará a camuflarnos

{…}

Con ropajes nuevos y el pelo algo más corto, Diaphano y Eddah se despedían con un intenso beso y un amargo abrazo. Mientras, las alas de Diaphano cobraban un color morado parecido a las alas que antaño habían pertenecido a Eddah.

– Mira eso, – le dijo Ytham a Ignominio – están cambiando de color…

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– Claro ignorante, está bebiendo de ella, se están fundiendo sus esencias. Por esos las alas de él se colorean como las de ella… bueno, como las que ella poseía.

– Pero entonces ella debería haberlas tenido algo azules como las de Athos.

– Mira que llegas a ser idiota, esto sólo sucede cuando el amor que sienten el uno por el otro es sincero y no me extrañaría que el matrimonio de Eddah fuera concertado. Por eso cada uno conserva su propio color.

– ¿Y… Athos y Sarial?

– ¡No me has oído! ¿Acaso crees que ellos se aman? No es más que sexo esporádico, cabeza hueca.

– Si fuera esporádico no habrían creado la cárcel aquella para encerrar a Eddah y a cualquiera que conociera su aventur… – y de repente se calló.

– ¿Cómo dices? ¿Insinúas que él está enamorado? – preguntó incrédulo.

– Oh, no. Eso no. Athos quiere a Eddah, todo esto es solo una maniobra de Sarial para apoderarse del cielo.

– Mi hij, esto…  Athos no permitirá eso. Jamás. Tú cómo lo sabes.

– Porque Eddah era mi prometida, íbamos a casarnos. Pero un día, empezó a comportarse de forma extraña y la seguí, y descubrí todo el pastel. No creas que me encerraron en aquella cárcel por gusto.

– Mierda… – murmulló Ignominio para sí – ¡Vosotros! ¡Tortolitos! El alba se acerca, Eddah tiene que cruzar. Es la hora.

[ver capítulos anteriores]

Los presagios de Athos eran ciertos, habían escapado, pero el precio habia sido muy alto. Uno de ellos tuvo que sacrificar sus alas, su inmortalidad.

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– Vamos Eddah, no puedes quedarte aquí, morirás. – dijo Diaphano tendiéndole la mano.
– ¿Acaso importa eso? Nadie llorará mi muerte.
– No digas eso, sabes que yo si…

El camino había sido muy largo y aunque Ytham e Ignominio los habían acompañado, no daban mucha conversación. Por eso, Eddah y Diaphano se habían apoyado el uno en el otro, creando un lazo, un vínculo especial entre ellos.
– No voy a dejarte aquí. – Diaphano la cogió en sus brazos como tantas veces antes había hecho y se alejaron de alli.

Sarial esperaba tranquila en la orilla de uno de los mares del cielo, había quedado con Athos como cada amanecer.

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Tras unos minutos, al alba, llegó.
– Llegas tarde.
– Lo sé, es que ellos han…
– Si, yo también lo sé. ¿No se supone que no podían escapar? Me dijiste que era imposible. – le interrumpió Sarial.
– No, te dije que no se atreverian a salir de allí. – contestó Athos. – ¿No era eso lo que queríamos? Alguno habrá tenido que perder su inmortalidad y dentro de poco perderá también la vida. Te expliqué que si querían salir, alguno tendria que entregar sus alas y él no creo que haya sido.
– ¿Crees que lo habrán descubierto? Ignominio, siempre me pareció muy… vulgar. – dijo con desprecio.
– ¡¡Calla, estúpida!! ¡¡Te he dicho que no hables así de mi padre!!

Athos alzó el vuelo, y se marchó.

Eran muchos ya los días que llevaba Diaphano encerrado, no dejaba de pensar en alguna manera de salir de allí. Había inspeccionado las cavernas, pero no habia averiguado nada, ya que sólo la parte en la que ellos se encontraban permanecía iluminada por la luz de una pequeña ventana; todo lo demás era oscuridad.
– Pero tiene que haber alguna manera – comentaba a Ytham y a Ignominio.
– Mira que eres cabezota… no se puede salir de aquí. Además, imagina que lo consigues, ¿qué harías? Eres un puto ángel exiliado, te volverían a capturar y te volverian a meter en esta mierda de sitio.
– Podría esconderme, no pienso quedarme aquí de brazos cruzados.

Pasaron los días.  Diaphano estaba desesperado, inquieto, molesto por la actitud de Ignominio. Solía sentarse al lado de la venana, junto a Eddah.
– Alguna manera tiene que haber para salir de aquí… – pensó en voz alta.
– Claro que la hay.

Diaphano la miró sorprendido, en todo el tiempo que llevaban, Eddah, no habia abierto la boca; ni siquiera habia quitado la mirada de la ventana.
– ¿Cómo dices?
– Yo sé salir de aquí, esta cárcel fue creada por Athos. Es…era mi marido. Yo estaba a su lado cuando la mandó realizar. Sé perfecamente dónde está la salida.
– Entonces, ¿por qué no huyes?
– ¿Huir? ¿Para qué? Además, estoy aprisionada. Mis piernas no responden, hace mucho tiempo que yazco aquí sentada.
– Podría romper esa cadena.
– Pero no puedo caminar, ¿no lo entiendes? No puedo quedarme de pie y estas cuevas son demasiado bajas como para ir volando.
– Yo te llevaré…

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No era una cárcel, aunque había una encadenada; no era una cueva, era un laberinto; no había luz, apenas unas pequeñas ventanas con barrotes. Era un lugar gigantesco, pero sólo en él había tres ángeles; el cuarto inquilino estaba apunto de llegar…
– ¡Eh, soltadme! – dijo el cuarto prisionero a los guardias – ¡Soltadme!
– Has infringido nuestra ley, debes callar y no lo has hecho – dijo uno de los guardias alados.
Y allí quedó Diaphano, junto a dos rostros que lo miraban…

– Ja, otro bocazas.
– ¿Dónde estoy? ¿Qué hacéis aquí? ¿Quiénes sois?
– Ey, tranquilito, las preguntas de una en una. Somos ángeles exiliados, como tú.
– Pero…
– ¿Qué hacemos aquí? Mira muchacho, estamos en el exilio, nos han desterrado por contar la puta verdad. Y tú, igual que nosotros te vas a joder y te vas a quedar aquí de por vida. Así que, sé bienvenido. – dijo burlonamente.
– No le hagas caso. – dijo el ángel que aún no había hablado – Yo soy Ytham y él es Ignominio.
– ¿Y ella? – preguntó Diaphano señalando a la chica que habia encadenada junto a una ventana.
– ¿Acaso no la reconoces…? – dijo Ignominio – Vaya idiota.
– No sé, no le veo la cara.
– Pero mira su atuendo, es como el de… – empezó a decir Ytham.
– … Athos.
– Exacto. – dijo Ytham.
– ¿Y qué hace Eddah aquí? Pero si es la esposa de Athos.
– Creí que estabas aquí porque conocías el secreto.
– Si, claro. Yo sé que Athos y Sarial se ven a escondidas, pero qué tiene que ver Eddah.
– Ains, que ingenuo. Pues pasa, que Eddah también lo sabe. Exiliada y cornuda…

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[dibujos by xarleen]

No habia lava candente, ni fuego abrasador, ni cuernos rojos; sólo unas criaturas aladas conviviendo con una naturaleza muerta. Desiertos grises, acantilados afilados y bosques de árboles desnudos.

La arcángel más poderosa es Sarial, hija de la arcángel más vieja. Ellos tenían un lema “Haz lo que quieras”. A pesar de eso, los ángeles del inframundo vivían pacíficamente, al menos entre ellos. Claro que eso era antes de enterarse de lo que estaba ocurriendo. Pues Sarial estaba siempre ausente y en su regreso traía consigo un apestoso olor a humanidad. Pero en realidad no venía del mundo de los mortales, no. Aquel olor sólo es el que cielo deja impregnado en las alas…

 

[dibujo by xarleen]

No habia nubes blancas, ni luces celestiales, ni dioses todopoderosos; sólo unas criaturas aladas conviviendo con la naturaleza. Valles de fresca hierba, ríos de plata, mares eternos y praderas de mil flores.

El arcángel más poderoso era Athos, hijo del arcángel más viejo. Desde el reinado de Athos la única norma que existia era “si secretum tibi sit, tege illud” (si tienes un secreto, escóndelo). Era un lema extraño para tiempos extraños, en los cuales muchos ángeles desaparecian sin siquiera avisar a sus familias. Se decia que estos habian decidido cortar sus alas para poder vivir con los mortales. Pero era bien sabido por todos que Athos guardaba un secreto, un secreto sabido por todos; pero pocos eran los que lo decian en voz alta, pues los pocos atrevidos habian desaparecido…

[dibujo de Athos by xarleen]